“No sabía que Venezuela producía café”: el regreso de un origen que el mercado olvidó

“No sabía que Venezuela producía café”: el regreso de un origen que el mercado olvidó

Es una de las frases que más he escuchado en Europa durante los últimos años.

Me la han dicho tostadores, compradores, distribuidores y profesionales del café. No lo dicen con mala intención. Lo dicen con sorpresa genuina.

Y cada vez que la escucho confirmo algo que resume buena parte de la historia reciente del café venezolano: Venezuela no desapareció del radar internacional porque dejara de producir café; desapareció porque durante años dejó de exportarlo de forma consistente, dejó de construir relaciones comerciales estables con compradores internacionales y dejó de aparecer en los portafolios de los tostadores que estaban construyendo la nueva cultura global del café.

La diferencia es importante.

Una cosa es no producir. Otra muy distinta es producir, pero no estar presente en el mercado.

Cuando un origen deja de mandar muestras, deja de cumplir contratos, deja de asistir a ferias, deja de sostener exportaciones regulares y deja de generar confianza con compradores, el mercado simplemente lo olvida. Y cuando el mercado olvida un origen, para efectos comerciales ese origen deja de existir.

Por eso, cuando alguien en Madrid, Oslo, Londres o Berlín me dice “no sabía que Venezuela producía café”, no está describiendo una realidad agrícola. Está describiendo una ausencia comercial construida durante años.

Venezuela no es un origen nuevo

Venezuela tiene una historia cafetera profunda. No somos un origen improvisado ni un país que descubrió el café ayer. Mucho antes de que el petróleo definiera nuestra economía, el café formó parte de la vida productiva del país.

Hubo regiones enteras organizadas alrededor del cultivo, familias caficultoras, casas comerciales, beneficios, torrefactoras, marcas nacionales y una cultura de consumo profundamente arraigada. Estados como Portuguesa, Mérida, Táchira, Trujillo, Lara, Miranda, Monagas y Sucre no aparecen hoy en el mapa cafetero por casualidad. Son parte de una historia productiva que el país nunca terminó de capitalizar internacionalmente.

Mi vínculo profesional con el café empezó antes de fundar una marca o exportar café de especialidad a Taiwan. Vino desde el mundo del empaque, trabajando en proyectos para empresas como Nestlé, Green Mountain, Café Madrid, donde pude observar de cerca cómo funcionaba una parte importante de la industria: la lógica de las grandes marcas, los formatos de consumo, la distribución, la eficiencia industrial y el papel que el empaque jugaba en la construcción de valor.

Desde ese lugar también pude ver el contraste.

Mientras el mercado tradicional seguía funcionando alrededor de grandes volúmenes, marcas consolidadas y café de consumo masivo, comenzaban a aparecer iniciativas que entendían hacia dónde se estaba moviendo el mundo. Una de ellas fue Arábica, de Jean-Paul Coupal, que con su propuesta de tostar café en el local se adelantó a una conversación que años después sería central: frescura, origen, experiencia y conexión directa con el consumidor.

En ese momento todavía no hablábamos en Venezuela de “tercera ola” con la naturalidad con la que se habla hoy, pero algunos proyectos ya estaban leyendo esa transformación antes de que el mercado la entendiera.

Mientras afuera empezaba a crecer el valor del origen, la trazabilidad y el perfil sensorial, en Venezuela seguíamos muy atados a una estructura industrial y regulatoria que hacía difícil premiar la diferenciación.

La estructura que existía y lo que se rompió

En aquellos años, Venezuela seguía siendo un país petrolero, pero existía una estructura cafetalera real. Empresas como Fama de América y Café Madrid consolidaban buena parte del mercado nacional.

Aquello tenía defectos evidentes: concentración, poder de compra, dependencia de grandes torrefactoras y una relación muchas veces desigual con el productor. Pero también había algo que hoy se echa de menos: estructura.

Esas compañías podían comprar en cosecha, financiar inventarios, procesar, distribuir y sostener una red que conectaba productores, intermediarios, beneficios, transporte, marcas y consumidores. No era perfecto, pero era una cadena funcional.

El problema comenzó cuando esa estructura se fue rompiendo sin que apareciera otra mejor. La combinación de controles de precios, control cambiario, restricciones a la exportación, intervención estatal y deterioro de la capacidad industrial fue desmontando los incentivos que sostenían la calidad.

El café, como casi toda la agricultura venezolana, quedó atrapado en un sistema donde producir mejor no necesariamente significaba cobrar mejor.

Durante mucho tiempo pensé que el problema del café venezolano era la calidad. Hoy creo que eso era apenas una parte del problema. El problema de fondo eran los incentivos.

Un productor puede seleccionar mejor sus cerezas, mejorar el beneficio, cuidar el secado, invertir en finca y producir un café superior. Pero si el mercado no reconoce esa diferencia, el esfuerzo deja de tener sentido económico.

Cuando producir más calidad genera más costos pero no necesariamente mejor precio, el sistema castiga precisamente a quien intenta hacer las cosas mejor.

Biscucuy como síntoma del país cafetero

Biscucuy ayuda a entenderlo muy bien.

No perdió sus montañas, ni su clima, ni sus productores. Lo que perdió, durante años, fue rentabilidad. Y cuando desaparece la rentabilidad, desaparece la inversión, escasea la mano de obra, los jóvenes buscan otras oportunidades y la finca empieza a competir en desventaja frente a otros cultivos o frente al abandono.

Esa historia no es exclusiva de Biscucuy. Es una metáfora de buena parte del café venezolano.

La paradoja es que todo esto ocurría mientras el mundo avanzaba en la dirección contraria. Entre finales de los años noventa y comienzos de los 2000, la tercera ola del café empezó a construir valor alrededor del origen, la trazabilidad, los perfiles sensoriales, los microlotes, las relaciones directas y la historia del productor.

Justo cuando el mundo comenzaba a pagar más por diferenciación, Venezuela entraba en una dinámica que hacía cada vez más difícil diferenciar, exportar y construir reputación afuera.

En 2003, con el control cambiario, se añadió una distorsión decisiva. El café no solo sufría por controles internos de precio; también sufría por una economía que complicaba importar insumos, financiar cosechas, sostener inventarios y exportar de forma competitiva.

En ciertos momentos, la diferencia entre precio interno y precio internacional generaba incentivos naturales para exportar, pero las restricciones y permisos buscaban asegurar materia prima para el mercado interno. El resultado fue una contradicción enorme: afuera el mundo empezaba a premiar origen y calidad; adentro el sistema empujaba al productor hacia una lógica regulada y poco capaz de premiar esa calidad.

Ahí Venezuela perdió algo más grave que volumen. Perdió presencia.

Otros países ocuparon los espacios que Venezuela dejó vacíos. Colombia siguió construyendo marca país. Brasil siguió moviendo volumen y sofisticando segmentos. Guatemala, Costa Rica, Honduras, Perú y El Salvador avanzaron en la conversación de cafés especiales.

Venezuela, mientras tanto, quedó asociada para muchos compradores con incertidumbre, dificultad logística, falta de continuidad y ausencia comercial.

El potencial nunca desapareció

Pero nunca desapareció el potencial.

Venezuela no dejó de tener montañas, variedades, productores ni conocimiento. Tampoco dejó de tener personas empeñadas en recuperar el café.

Aun en los años más difíciles, hubo gente empujando desde distintas trincheras. Jean-Paul Coupal desarrolló propuestas de café tostado en el local cuando hablar de eso en Venezuela era todavía muy temprano. Pietro Carbone formó consumidores y profesionales, y ayudó a elevar la exigencia en un mercado que necesitaba educación. Bart Paewels, desde Quebrada Azul, demostró que se podían hacer cafés orgánicos de altura, con identidad y vocación exportadora, especialmente desde zonas como La Azulita.

Gabriela Stari, Carlos César Ávila y otros actores del ecosistema también fueron poniendo su grano de arena para que la conversación de calidad no muriera.

En 2012, Benigno Fraga y yo fundamos Café 1919 con esa misma preocupación. Queríamos recuperar parte de la tradición cafetera venezolana y demostrar que el país podía volver a producir y vender cafés diferenciados.

Pero pronto entendimos que no bastaba con tener mejores cafés ni con contar una buena historia. El café venezolano necesitaba una categoría que permitiera venderlo como mejor café.

Esa fue una de las lecciones más importantes de mi vida en esta industria:

la calidad no se premia si el sistema no permite diferenciarla.

Si un café excepcional termina atrapado en la misma clasificación de un café corriente, el mercado no puede pagar la diferencia. Y si el mercado no paga la diferencia, la calidad se convierte en romanticismo. Bonito, pero inviable.

Por eso la batalla no era solo producir mejor. Era crear lenguaje, metodología, categorías, estándares, consumidores más exigentes y canales comerciales que permitieran convertir calidad en precio.

En 2015, esa preocupación nos llevó a participar en la Asociación de Cafés Especiales de Venezuela. No era una iniciativa perfecta ni completamente ordenada. Era la suma de personas que venían desde lugares distintos pero compartían una intuición común: Venezuela necesitaba cambiar las reglas si quería volver al mundo del café de calidad.

Había que hablar de cafés especiales, cafés gourmet, origen, perfil sensorial, trazabilidad y estándares alineados con lo que el mercado internacional ya estaba entendiendo.

En ese proceso, la educación fue fundamental. Yanina Piojan, conocida como “The Coffee Teacher”, Pietro Carbone y otros formadores ayudaron a crear cultura de café, consumidores más exigentes y profesionales mejor preparados cuando hablar de cafés especiales en Venezuela todavía era una rareza.

Luego vinieron otros pasos: laboratorios, catadores, competencias, eventos, análisis físico y sensorial, y proyectos como Café y Ciencia, de Darveris Rivas, que ayudaron a profesionalizar la conversación.

Ese cambio fue esencial porque el café venezolano no podía volver al mundo apoyado solamente en orgullo. Tenía que apoyarse en evidencia, datos, procesos, fichas técnicas y consistencia.

Visto en retrospectiva, el regreso del café venezolano no empezó cuando salió un contenedor. Empezó cuando un grupo de personas entendió que había que reconstruir los mecanismos que permiten reconocer, medir y remunerar la calidad.

La nueva ventana

Ahora estamos entrando en una etapa distinta. Y aquí hay que ser realistas.

Parte de esta nueva oportunidad no nace únicamente de la virtud del sector. También nace de condiciones externas. Los precios internacionales han vuelto a hacer atractiva la exportación. La necesidad de divisas ha abierto espacios que antes estaban cerrados. Desde el Gobierno hay actores importantes que entendieron este cambio y lo propiciaron gracias a la alineación de intereses.

No es una apertura perfecta, ni necesariamente estable, pero es una ventana de oportunidad.

La pregunta es si Venezuela sabrá aprovecharla.

Los datos recientes muestran que hay una base productiva sobre la cual trabajar. Según las datos recientes de la Corporación Venezolana del Café, la producción nacional pasó de 1.573.000 quintales en 2016 a 4.077.918 quintales en 2023. Para 2022 se reportan 212.861 hectáreas en producción y 3.618.637 quintales; para 2023, 226.551 hectáreas y 4.077.918 quintales. La propia CVC afirma que desde 2016 hasta el cierre de 2023 la producción se estabilizó en un rango de tres a cuatro millones de quintales.

También hay señales de renovación. Entre 2017 y 2023 se reportan 49.956 hectáreas renovadas, con variedades como Colombia 27, INIA 01, Araguaney, Monteclaro y Castilla, y un rendimiento de referencia de 18 quintales por hectárea. Eso no resuelve todos los problemas, pero sí indica que el sector no está muerto. Hay superficie, hay productores, hay variedades y hay capacidad de recuperación.

La estructura territorial también importa. El Plan de Siembra 2021-2025 muestra ejes cafetaleros activos en varios estados. Portuguesa, donde aparece Biscucuy, reporta 12.026 productores, 49.361 hectáreas plantadas, 46.893 hectáreas productivas y 703.394 quintales proyectados. Lara aparece con 12.645 productores y 49.191 hectáreas plantadas; Trujillo con 8.468 productores; Mérida con 6.629; Táchira con 3.689; Monagas con 2.158; Sucre con 1.942.

Es decir, Venezuela todavía tiene un mapa cafetero amplio. No estamos hablando de una curiosidad agrícola ni de cuatro fincas aisladas.

Otro dato relevante es la formalización del ecosistema. Para 2024, la presentación CVC registra 101 asociaciones o beneficiadoras activas, 356 torrefactoras registradas y 416 marcas de café gourmet.

Esto puede leerse de dos maneras. Una lectura superficial diría que hay demasiada atomización. Y es verdad. Pero otra lectura, más estratégica, es que existe una base empresarial y productiva sobre la cual construir una nueva etapa si se ordena correctamente.

El dato de exportación también es importante. Según la presentación, la exportación de café verde pasó de 21.910 quintales en 2022 a 65.813 quintales en 2023 y 67.837 quintales en 2024.

Todavía son volúmenes modestos frente a la producción total y frente a otros países productores, pero marcan un cambio de dirección. Venezuela está volviendo a exportar. La pregunta ya no es si puede hacerlo. La pregunta es si puede hacerlo con calidad, trazabilidad, continuidad y profesionalismo.

El papel de Curador Green

Ahí es donde veo el papel que podemos jugar quienes hemos vivido esta historia desde dentro.

No basta con celebrar que Venezuela produce café. Eso ya lo sabemos. Tampoco basta con decir que hay buenos cafés. Los hay. El verdadero desafío es convertir esa calidad en una oferta confiable para el mercado internacional.

Eso exige muestras representativas, control de calidad, contratos claros, financiamiento, logística, documentación, cumplimiento EUDR, trazabilidad de finca, consistencia entre muestra y embarque, y una relación seria con compradores que no están comprando nostalgia, sino riesgo controlado.

Desde Curador Green, mi interés no es presentar a Venezuela como una rareza exótica. Eso sería un error. Mi interés es ayudar a que Venezuela vuelva a ser un origen confiable.

Un origen que pueda ofrecer lotes especiales, sí, pero también continuidad comercial. Un origen que conecte productores con tostadores europeos, que traduzca calidad en información útil, que ayude a financiar operaciones y que haga posible lo más importante: que producir mejor café vuelva a generar mejor ingreso para quien lo cultiva.

Esta nueva etapa no la va a construir una sola empresa. Sería absurdo plantearlo así. La han venido construyendo productores, formadores, catadores, instituciones, asociaciones, exportadores y empresarios durante años.

Nosotros pusimos nuestro grano de arena en 2012 con Café 1919, en 2015 con la Asociación de Cafés Especiales de Venezuela, y hoy queremos seguir haciéndolo desde Europa con Curador Green.

La diferencia es que ahora se abrió una ventana que durante años estuvo cerrada: precios internacionales más atractivos, necesidad de divisas, cierta recuperación productiva y compradores que buscan nuevos orígenes con historias auténticas.

Pero una ventana no es una garantía.

Si Venezuela vuelve al mercado internacional de manera desordenada, incumpliendo, mezclando calidades, enviando muestras que no representan los embarques o tratando la exportación como una oportunidad puntual, el mercado volverá a cerrarse.

El regreso del café venezolano no puede depender de la suerte de los precios altos.

Tiene que convertirse en una estrategia.

Por eso, cuando hoy un comprador europeo me dice “no sabía que Venezuela producía café”, ya no lo escucho como una crítica. Lo escucho como una señal de la magnitud del trabajo que tenemos por delante.

Venezuela no necesita que el mundo descubra su café.

Necesita que vuelva a confiar en él.

Y la confianza no se recupera con discursos. Se recupera con disciplina, estructura y cumplimiento. Se recupera exportando bien, pagando mejor al productor que hace mejor café, construyendo relaciones de largo plazo y demostrando que esta vez el regreso no será una anécdota.

Será una nueva etapa.

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